El equilibrio es la “habilidad aprendida que crea estabilidad emocional y control físico y mental”. Es la capacidad de dominar las emociones y el comportamiento para mantener el control ante situaciones en las que se frustran los deseos. Los niños con equilibrio pueden reaccionar calmadamente controlando sus reacciones cuando se presentan conflictos con los otros.
Los padres pueden estimular el equilibrio en los niños buscando el punto óptimo de un cerebro integrado que se da al estar adecuadamente diferenciados pero vinculados afectivamente.
Se necesita un poco de independencia emocional con los niños para no ser “padres helicópteros” que los cubren en todo momento impidiendo que aprendan de sus errores y equivocaciones. Permitir que los niños experimenten sus propios sentimientos y ayudarles a recuperarse después de una etapa de descontrol o frustración. Cuando los padres están tan apegados a los niños se muestran más frágiles y menos capaces de lograr el equilibrio y ser ellos mismos.
En los primeros años de vida los pequeños pierden el equilibrio con facilidad; por la características propias de la edad, por el temperamento, por miedos reales, por falta de sueño, de salud o por discapacidad mental. Los pequeños se mueven en un espectro de rigidez y de caos, pero a medida que van creciendo y los padres se hacen más expertos en el manejo, los niños van logrando el equilibrio. La idea del equilibrio es que los niños desarrollen un cerebro integrado que les permita actuar, expresar y manejar sus propias emociones; no negarlas, ni suprimirlas pero si asimilarlas y elaborarlas de manera sana.
Los niños necesitan unos adultos (profesores y padres) que les ayuden en la auto regulación del comportamiento y de las emociones mientras su cerebro madura. Esto se logra con la cercanía, de manera firme y cariñosa y con una buena comunicación para poder compartir las experiencias significativas (los sentimientos). La clave es poder hacer una pausa frente a la dificultad, ensenándoles a respirar para calmarse; con una mano en el pecho y otra en el corazón, para relajar los músculos del cuerpo y recuperar el equilibrio.
Cuando los niños tienen un horario adecuado logran más fácilmente un cerebro equilibrado (horario razonable y no tan programado). Los niños que tienen horarios apretados y son muy dependientes de la tecnología no desarrollan el cerebro afirmativo; no les queda tiempo para vivir de manera más calmada las rutinas e interacciones diarias, pasar tiempo con la familia y tener tiempo libre sin actividades programadas (se muestran cansados e irritables).
Para lograr el desarrollo óptimo del cerebro afirmativo los niños necesitan tener tiempo para el juego libre en el cual exploran su propia imaginación, ensayan maneras de resolver los conflictos, desarrollan capacidades cognitivas (atención) y mejoran el lenguaje. Así mismo desarrollan la habilidad en la función ejecutiva; de planificación, predicción, anticipación de las consecuencias y adaptación a cosas nuevas. El juego libre con los otros les desarrolla habilidades de relacionarse: de negociar, fijar las reglas del juego, idear la manera de entrar en el juego, aprender a respetar turnos y a ser flexibles.
ADRIANA MORENO/ MYRIAM SUÁREZ
Psicólogas - Asesoría en desarrollo infantil y pautas de crianza.
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